Intento.
Realmente intento.
Aunque reconozco la titánica tarea que representa: abstenerse de opinar.
Una percepción inmediata, mía (sesgada tal vez): ¿por qué me da la impresión de que cada vez más "hablamos por hablar"?
En este país existe en la jerga popular el término "opinólogo". De uso versátil, es adjetivo aplicable, en mi opinión, a todos nosotros, en algún punto. Nos gusta hablar aunque no conocemos en profundidad, y un sencillo humano jamás será conocedor de todas las cosas.
Es satisfactorio (y es conversación viable para un amplio rango etario) , pienso, compartir unos mates y entre cada amargo hablar con vehemencia de la situación del país, la inflación, el fútbol, el crimen, sobre lo que dijeron fulano y mengano, en oposición o en acuerdo; sobre cómo zutano y perengano en otro programa, discutieron tales ideas (a los gritos, generando una cacofonía confusa) y uno casi se levanta a propinarle una trompada, mientras el otro continuaba la retahíla de imprecaciones.
El espectáculo; la farándula argentina.
Nos encanta, nos excita, es el pan de cada día (metafóricamente), que necesitamos para seguir adelante, para tener fuerza; para seguir realizando las labores que nos fueron encomendadas por la sociedad para mantenerla funcional.
Naturalmente, opino desde lo poco que conozco: albañiles, docentes, panaderos, cadetes, oficinistas junior, y un breve etcétera.

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